N.º 01
El móvil se ha quedado con nuestros tiempos muertos
Sobre el aburrimiento, la atención y esos pequeños momentos en los que ya casi nunca estamos sin hacer nada.
Estamos esperando el ascensor. Faltan unos minutos para que llegue el autobús. Alguien se retrasa un poco.
Sacamos el móvil.
No siempre buscamos algo concreto. A veces ni siquiera tenemos una notificación pendiente. Desbloqueamos la pantalla, recorremos un par de aplicaciones y volvemos a guardarlo.
Quizá hayan pasado treinta segundos.
Es un gesto tan habitual que apenas reparamos en él. El teléfono nos acompaña a todas partes y nos permite resolver muchas cosas, pero también ha cambiado nuestra forma de ocupar esos pequeños intervalos que aparecen entre una actividad y otra.
Antes podíamos mirar por la ventana, observar a otras personas, pensar en algo pendiente o simplemente aburrirnos. Ahora tenemos entretenimiento, información y conversaciones disponibles en cualquier momento.
Y resulta difícil resistirse a algo que está tan al alcance de la mano.
La incomodidad de no hacer nada
El aburrimiento suele parecernos una experiencia que conviene evitar. Cuando no sucede nada interesante, buscamos algo que hacer. No es una reacción nueva ni exclusiva de nuestra relación con la tecnología.
En 2014, un equipo de investigadores dirigido por el psicólogo Timothy Wilson publicó en la revista Science una serie de once estudios sobre cómo experimentamos los momentos en los que estamos a solas con nuestros pensamientos.
En varios experimentos, los participantes permanecían entre seis y quince minutos sin distracciones externas. Muchos encontraron la experiencia poco agradable y preferían realizar alguna actividad, incluso rutinaria, antes que permanecer sin hacer nada.
Aquellos experimentos no pretendían estudiar el uso del móvil, pero planteaban una cuestión interesante: estar a solas con nuestros pensamientos no siempre nos resulta fácil.
La tecnología no ha creado esa incomodidad. Lo que ha hecho es ofrecernos una manera extraordinariamente sencilla de evitarla.
Cuando buscar entretenimiento también nos aburre
Podríamos pensar que disponer de tantos estímulos nos permite aburrirnos menos. Sin embargo, algunas investigaciones sugieren que la relación es más compleja.
En 2024, los investigadores Katy Tam y Michael Inzlicht publicaron siete experimentos, con un total de 1.223 participantes, sobre una conducta que conocemos bien: saltar de un vídeo a otro o avanzar rápidamente cuando algo deja de interesarnos.
En varios de los experimentos, quienes cambiaban constantemente de contenido terminaron sintiéndose más aburridos y menos satisfechos que quienes permanecían viendo el mismo vídeo.
Los investigadores también observaron que ese cambio continuo podía reducir la atención prestada al contenido.
Los resultados no fueron igual de claros en todas las condiciones, por lo que no podemos afirmar que cambiar de contenido siempre aumente el aburrimiento.
Pero sí aparece una paradoja: aquello que hacemos para escapar de él puede, en determinadas circunstancias, intensificarlo.
Tal vez porque disfrutar de algo requiere, a veces, permanecer el tiempo suficiente como para llegar a interesarnos.
El espacio entre una cosa y otra
No todos los tiempos muertos son agradables. Una espera puede ser frustrante, una cola puede agotarnos y hay días en los que mirar el teléfono unos minutos nos ayuda a desconectar.
Tampoco toda distracción es superficial. En una pantalla podemos encontrar una conversación importante, una lectura interesante o un momento de entretenimiento que realmente disfrutamos.
La cuestión no parece estar únicamente en cuánto utilizamos el móvil, sino también en cómo y por qué lo hacemos.
Una revisión sistemática publicada en 2023, que reunió 59 estudios, encontró una relación entre aburrimiento y uso de medios digitales. Sin embargo, la asociación con el uso digital general era pequeña y la mayoría de los estudios no permitían establecer una relación causal.
Es decir, sabemos que ambos fenómenos están relacionados, pero no podemos concluir simplemente que los móviles nos vuelvan más aburridos.
Lo que sí podemos observar en nuestra vida cotidiana es la facilidad con la que una pausa se convierte en otra actividad.
Esperamos mientras leemos. Comemos mientras vemos algo. Caminamos mientras escuchamos. Y, cuando terminamos una tarea, a menudo comenzamos otra antes de haber abandonado del todo la anterior.
No tiene por qué haber nada malo en ello. Pero quizá merezca la pena distinguir entre disfrutar de un estímulo y buscarlo automáticamente porque, durante unos instantes, no sucede nada.
Lo que queda cuando no ocurre nada
Hay momentos del día que no necesitan convertirse en algo más.
El trayecto hasta casa. El agua que tarda en hervir. Los minutos antes de que comience una película.
No sabemos si llenar esos intervalos con estímulos tiene consecuencias importantes para todas las personas. La investigación todavía deja preguntas abiertas, y sería exagerado atribuir a un gesto tan cotidiano problemas que tienen causas mucho más complejas.
Pero sí parece que hemos cambiado nuestra relación con la espera.
Ahora podemos atravesar buena parte del día sin encontrarnos apenas con esos instantes en los que no hay nada particular que mirar, escuchar o hacer.
Quizá no hayamos perdido algo concreto. Quizá simplemente hayamos dejado de experimentar con tanta frecuencia una parte muy corriente de la vida: ese tiempo que no está dedicado a ninguna actividad.
El ascensor llega. Guardamos el móvil y entramos.
Probablemente ni siquiera recordemos qué estábamos mirando.