N.º 02
Descansar no siempre se siente como descansar
Sobre el estrés, la dificultad de desconectar y la presión de aprovechar incluso nuestro tiempo libre.
Son las siete de la tarde. Has terminado tus obligaciones y, por primera vez en todo el día, no tienes nada pendiente que requiera tu atención inmediata.
Te sientas en el sofá.
Podrías leer un rato, ver una película o simplemente no hacer nada. Pero recuerdas una conversación de esa mañana. Después piensas en lo que tendrás que hacer mañana. Miras el teléfono, lo dejas a un lado y te levantas a recoger algo que podría esperar perfectamente.
Vuelves a sentarte.
Tienes tiempo para descansar, pero no consigues sentirte descansado.
Es una contradicción bastante común: podemos detener nuestras actividades sin que desaparezca inmediatamente todo lo que nos ha mantenido ocupados.
Cuando el día termina, pero seguimos dentro de él
Nuestro organismo responde a las situaciones exigentes mediante cambios fisiológicos que nos ayudan a afrontar lo que sucede. Sin embargo, la respuesta al estrés no depende únicamente de los acontecimientos externos.
También importa lo que ocurre después, cuando seguimos pensando en ellos.
En psicología existe un concepto llamado cognición perseverativa, que hace referencia a formas repetitivas de pensamiento, como preocuparnos por lo que podría suceder o dar vueltas a algo que ya ha ocurrido.
En 2016, un metaanálisis publicado en Psychological Bulletin reunió 60 estudios sobre la relación entre estos pensamientos y distintas respuestas fisiológicas.
Los investigadores encontraron asociaciones con una mayor frecuencia cardíaca, determinados cambios en la presión arterial y los niveles de cortisol, entre otros indicadores.
Esto no significa que cualquier preocupación sea perjudicial ni que pensar en nuestros problemas mantenga permanentemente activado el sistema nervioso. Los pensamientos también nos permiten anticiparnos, comprender y encontrar soluciones.
Lo que la investigación sugiere es que, en determinadas circunstancias, seguir dando vueltas a una situación estresante puede prolongar algunas de las respuestas fisiológicas asociadas a ella.
Quizá por eso resulta reconocible llegar a casa después de un día difícil y descubrir que, aunque todo esté tranquilo, nosotros todavía no lo estamos.
Descansar no es una única actividad
Cuando pensamos en descansar, solemos imaginar una escena concreta: tumbarnos, cerrar los ojos, guardar silencio.
Pero no todas las formas de recuperación se parecen a esa imagen.
En 2018, los investigadores Andrew Bennett, Arnold Bakker y James Field publicaron un metaanálisis que reunió 54 muestras independientes y más de 26.000 participantes para estudiar cómo nos recuperamos de las exigencias del trabajo.
El estudio distinguía cuatro experiencias: desconectar psicológicamente de las obligaciones, relajarse, realizar actividades que aporten una sensación de aprendizaje o dominio y tener control sobre el propio tiempo.
Son dimensiones diferentes, y todas mostraron relaciones con aspectos de la recuperación y el bienestar.
Esto ayuda a comprender por qué algunas personas encuentran descanso dando un paseo, cocinando o cuidando sus plantas, mientras otras prefieren leer o permanecer un rato en silencio.
Una actividad puede requerir esfuerzo y, aun así, ayudarnos a dejar de pensar en aquello que nos ha agotado.
También puede ocurrir lo contrario: tumbarnos durante una hora sin conseguir apartar la atención de nuestras preocupaciones.
Conviene recordar que estas investigaciones se centran principalmente en la recuperación después del trabajo. No establecen una receta universal para cualquier situación de estrés.
Pero sí cuestionan una idea bastante extendida: que descansar significa necesariamente estar quietos.
Cuando el descanso se convierte en otra obligación
Imaginemos que tenemos una tarde libre.
Llevamos días deseando disponer de unas horas para nosotros. Queremos aprovecharlas: hacer ejercicio, leer el libro que tenemos abandonado, preparar algo especial para cenar, salir a caminar.
Quizá también meditar. O acostarnos pronto, porque sabemos que deberíamos dormir más.
Son actividades que pueden hacernos bien. El problema aparece cuando todas empiezan a parecernos necesarias.
Miramos el reloj. Si salimos a caminar, no tendremos tiempo de leer. Si nos quedamos leyendo, quizá estemos desaprovechando la oportunidad de salir. Si simplemente nos sentamos, aparece la impresión de que podríamos estar haciendo algo mejor.
Una tarde que esperábamos con ilusión termina convirtiéndose en un pequeño ejercicio de organización.
Hemos dejado de cumplir obligaciones externas, pero continuamos exigiéndonos que nuestro tiempo tenga un resultado.
No es difícil entender de dónde viene esa presión. Estamos acostumbrados a valorar muchas de nuestras actividades por lo que conseguimos con ellas. Incluso cuando buscamos bienestar, podemos acabar midiendo si dormimos lo suficiente, si hemos desconectado de verdad o si estamos aprovechando correctamente el tiempo.
Y así, sin darnos cuenta, empezamos a evaluar también nuestro descanso.
La investigación sobre recuperación psicológica señala que disponer de cierto control sobre el tiempo libre está relacionado con aspectos del bienestar. Pero esta escena cotidiana plantea otra cuestión, más editorial que científica: tener libertad para decidir qué hacer no significa necesariamente sentirnos libres de la obligación de hacer algo.
Una tarde cualquiera
A veces descansar será cerrar los ojos durante unos minutos. Otras veces será salir, conversar, cocinar o dedicar tiempo a algo que nos interesa.
Y habrá ocasiones en las que, incluso teniendo toda la tarde libre, no consigamos relajarnos demasiado.
No todo malestar se resuelve con una pausa, ni todas las preocupaciones desaparecen cuando termina el día.
Quizá una parte de nuestra dificultad esté en esperar que el descanso produzca siempre algo reconocible: tranquilidad, energía, claridad mental, una sensación de haber recuperado el tiempo.
Volvamos a aquella tarde.
El libro continúa sobre la mesa. Fuera empieza a oscurecer. Nos levantamos para preparar la cena y dejamos para otro día el paseo que habíamos imaginado.
No hemos hecho demasiado con esas horas.
Tampoco era imprescindible.