N.º 03
Esperar sin hacer nada
Sobre la impaciencia, la percepción del tiempo y nuestra necesidad de que las cosas avancen.
El agua todavía no hierve.
La hemos puesto al fuego hace unos minutos. Levantamos la tapa para comprobarlo, miramos el reloj y volvemos a acercarnos poco después.
No tenemos especial prisa. La cena puede esperar.
Sin embargo, hay algo incómodo en permanecer pendientes de un proceso sobre el que apenas podemos intervenir.
Sucede también cuando el semáforo tarda en cambiar, alguien se retrasa unos minutos o esperamos una respuesta que no acaba de llegar.
Son situaciones diferentes, pero comparten una experiencia familiar: cuanto más pendientes estamos de que termine una espera, más parece prolongarse.
Y aunque sabemos que mirar el reloj no hará que avance más rápido, a veces resulta difícil evitarlo.
El tiempo no siempre pasa igual
Un minuto tiene siempre sesenta segundos. Pero nuestra experiencia de ese minuto puede cambiar considerablemente.
La psicología distingue entre el tiempo medido por un reloj y la duración que percibimos.
En una revisión publicada en 2014 en Acta Psychologica, Richard Block y Ronald Gruber analizaron cómo intervienen la atención y la memoria en nuestra percepción del paso del tiempo.
Una de las distinciones más interesantes aparece entre las situaciones en las que estamos pendientes de cuánto dura algo y aquellas en las que solo calculamos su duración después.
Cuando prestamos atención al tiempo mientras transcurre, esa vigilancia puede influir en lo largo que nos parece el intervalo. Cuando intentamos recordar cuánto duró una experiencia, intervienen otros procesos relacionados con la memoria y los acontecimientos que recordamos.
Esto ayuda a comprender una paradoja cotidiana.
Podemos pasar veinte minutos leyendo sin reparar en el reloj y después sorprendernos de cuánto tiempo ha transcurrido. En cambio, esperar cinco minutos mirando constantemente la hora puede resultarnos mucho más largo de lo que anticipábamos.
No significa que siempre ocurra así. La emoción, el contexto y las características de la actividad también influyen.
Pero hay algo interesante en descubrir que nuestra experiencia del tiempo depende, en parte, de dónde situamos la atención.
Esperar también implica incertidumbre
No todas las esperas se sienten igual, aunque duren exactamente lo mismo.
Esperar diez minutos sabiendo que alguien llegará a una hora determinada puede ser diferente de esperar sin saber si llegará dentro de diez minutos o de una hora.
En el segundo caso no solo estamos pendientes del tiempo. También intentamos anticipar lo que va a ocurrir.
Quizá por eso consultamos repetidamente el seguimiento de un paquete, actualizamos una página que todavía no responde o comprobamos si alguien ha leído nuestro mensaje.
Buscamos información que reduzca la incertidumbre.
Es una conducta comprensible. Saber cuánto durará una espera nos permite organizar el tiempo y tomar decisiones. Y no siempre tenemos la posibilidad de elegir cómo emplear esos minutos.
Pero también existen situaciones en las que comprobar una y otra vez no aporta información nueva.
Seguimos mirando porque queremos que algo haya cambiado.
Y lo único que ha cambiado es que han pasado unos segundos más.
Lo que no podemos acelerar
La rapidez nos facilita muchas cosas. Podemos comunicarnos al instante, resolver gestiones sin desplazarnos y acceder a información que antes requería mucho más tiempo.
No hay ninguna razón para idealizar las esperas innecesarias.
Sin embargo, algunas actividades continúan teniendo un ritmo propio.
Una masa necesita tiempo para fermentar. Una herida atraviesa un proceso de cicatrización. Una conversación difícil puede necesitar silencios y varias tentativas antes de llegar a algún entendimiento.
No todos esos procesos dependen de los mismos mecanismos, ni toda espera merece ser aceptada sin más.
Lo que comparten es algo más sencillo: nuestra impaciencia no siempre modifica la velocidad a la que suceden las cosas.
Y eso puede resultar difícil de aceptar cuando estamos acostumbrados a intervenir, resolver y avanzar.
A veces no hay ninguna acción útil que realizar.
No porque falte iniciativa, sino porque lo que esperamos todavía está ocurriendo.
Mientras tanto
Quizá una parte de nuestra incomodidad ante la espera proceda de considerarla un intervalo que deberíamos superar cuanto antes.
Como si el tiempo que transcurre antes de conseguir algo fuera menos valioso que el tiempo dedicado a hacerlo.
Pero no todas las experiencias pueden reducirse a su resultado.
Esperar también es parte de cocinar, viajar, encontrarse con alguien o recibir una noticia.
No necesariamente una parte agradable. Ni una oportunidad especial para aprender algo. Simplemente una parte de lo que sucede.
Volvamos a la cocina.
El agua empieza a hervir. Apartamos la tapa y añadimos los ingredientes.
Hemos mirado la olla varias veces. Podríamos haberla dejado tranquila.
En cualquiera de los dos casos, el agua necesitaba alcanzar la misma temperatura.