N.º 04
Por qué hacemos cosas que no habíamos decidido hacer
Sobre los hábitos automáticos, las señales que guían nuestro comportamiento y cómo recuperar parte de nuestras decisiones cotidianas.
Entras en la cocina para preparar un café. Mientras esperas, coges el móvil. Consultas un mensaje, abres otra aplicación y terminas mirando algo que no tenías intención de buscar.
Cuando vuelves a prestar atención, el café ya está preparado.
No has decidido dedicar esos minutos al teléfono. Tampoco recuerdas haber tenido especial interés en consultarlo. Simplemente ha ocurrido.
Situaciones parecidas se repiten a lo largo del día. Abrimos una aplicación sin necesitarla, seguimos una ruta habitual aunque hoy tengamos otro destino o compramos algo que siempre elegimos, sin detenernos demasiado a considerarlo.
No todas estas conductas son problemáticas. Muchas nos permiten funcionar con eficacia sin deliberar sobre cada pequeño movimiento.
Pero plantean una pregunta interesante: ¿hasta qué punto nuestras acciones responden a decisiones presentes y hasta qué punto siguen patrones que hemos aprendido?
El entorno también decide con nosotros
Cuando pensamos en cambiar una costumbre, solemos prestar atención a nuestra motivación.
Nos proponemos utilizar menos el móvil, caminar más o leer antes de dormir. Confiamos en que recordar ese propósito será suficiente para actuar de otra manera.
Sin embargo, los hábitos no dependen únicamente de lo que queremos hacer.
En una revisión publicada en Annual Review of Psychology en 2016, Wendy Wood y Dennis Rünger explicaban cómo determinadas conductas llegan a asociarse con situaciones recurrentes: lugares, momentos del día o acciones que las preceden.
Después de suficientes repeticiones, encontrarnos en ese contexto puede facilitar que ejecutemos la respuesta habitual sin necesidad de tomar una decisión nueva y detallada.
Por ejemplo, sentarnos siempre en el mismo lugar y abrir inmediatamente una aplicación puede acabar formando una secuencia familiar.
Con el tiempo, el lugar o la acción anterior pueden actuar como señales que favorecen la conducta.
Esto no significa que el entorno controle completamente nuestras decisiones. Significa que nuestras intenciones conviven con respuestas aprendidas que pueden activarse con poco esfuerzo consciente.
Y que, a veces, cambiar lo que hacemos requiere prestar atención a lo que ocurre justo antes.
El mito de los 21 días
Existe una idea muy extendida: repetir algo durante 21 días basta para convertirlo en un hábito.
La investigación ofrece una realidad bastante menos uniforme.
En 2010, un estudio de Phillippa Lally y sus colaboradores examinó cómo se desarrollaba la automaticidad de distintas conductas cotidianas. Los participantes elegían una acción relacionada con la alimentación, la bebida o la actividad física y trataban de repetirla diariamente en un contexto estable.
Entre los participantes cuyos datos permitieron ajustar el modelo de formación del hábito, los tiempos estimados para aproximarse a su nivel de automaticidad variaron entre 18 y 254 días.
En diciembre de 2024, una revisión sistemática y metaanálisis volvió a investigar esta cuestión. Reunió 20 estudios con 2.601 participantes y encontró una variabilidad considerable en el tiempo necesario para desarrollar hábitos relacionados con la salud.
La conclusión no es que necesitemos exactamente dos meses, tres o seis.
Es que el proceso depende de la conducta, de la persona, de su contexto y de cómo se repite.
Preparar un vaso de agua después de desayunar no tiene la misma complejidad que incorporar una rutina de ejercicio. Tampoco partimos todos de las mismas circunstancias.
Por eso, utilizar un número fijo de días como medida del éxito puede llevarnos a esperar resultados que la investigación no garantiza.
Cambiar la intención por un plan concreto
Hay otra línea de investigación especialmente interesante: los planes que vinculan una situación específica con una acción.
Se conocen como intenciones de implementación y suelen formularse mediante una estructura sencilla:
«Si ocurre esta situación, entonces haré esto».
La diferencia respecto a una intención general es importante.
«Quiero leer más» expresa un objetivo.
«Cuando termine de cenar, leeré diez minutos antes de abrir las redes sociales» identifica una situación concreta y establece una respuesta prevista.
Un metaanálisis publicado en 2024 examinó 642 pruebas independientes sobre este tipo de planificación. Encontró efectos favorables sobre distintos resultados cognitivos, emocionales y conductuales, aunque su magnitud variaba según el contexto y las características del plan.
Los resultados fueron generalmente mejores cuando la relación entre situación y respuesta estaba claramente definida, existía motivación para alcanzar el objetivo y el plan se había ensayado.
No se trata de una fórmula infalible. Pero ofrece una alternativa interesante a depender de recordar nuestras intenciones en el momento preciso.
En lugar de confiar únicamente en la voluntad, podemos preparar una decisión antes de encontrarnos con la situación que habitualmente nos lleva a actuar de manera automática.
Observar lo que ocurre antes
Hay una manera sencilla de trasladar esta idea a la vida cotidiana sin convertirla en un proyecto de transformación personal.
Durante un día, podemos elegir una conducta que repetimos casi sin pensar.
No tiene que ser un problema importante. Puede ser consultar el teléfono al sentarnos, encender la televisión al llegar a casa o abrir una página por costumbre.
La primera pregunta no es cómo eliminarla.
Es qué sucede inmediatamente antes.
¿Dónde estamos? ¿Qué acabamos de hacer? ¿Hay algún objeto cerca? ¿Ocurre aproximadamente a la misma hora?
Si descubrimos una situación recurrente, podemos probar una alternativa concreta.
Por ejemplo, dejar un libro donde normalmente cogemos el teléfono. O decidir que, al sentarnos después de comer, abriremos primero la ventana y dedicaremos unos instantes a mirar fuera.
No hay evidencia de que ese pequeño experimento particular funcione para todo el mundo. Su utilidad inicial es permitirnos identificar una relación entre contexto y comportamiento y comprobar si una respuesta alternativa resulta viable.
Cambiar un hábito consolidado puede necesitar mucho más que una modificación del entorno. También intervienen nuestras circunstancias, recursos, preferencias y motivos.
Pero reconocer una señal habitual ya puede aportar información valiosa.
No necesitamos decidirlo todo desde cero
Sería agotador tener que deliberar sobre cada acción cotidiana.
Los hábitos nos permiten aprender procedimientos, mantener rutinas y reservar atención para otras cosas. No son un defecto de nuestra mente.
La cuestión aparece cuando una respuesta automática continúa ocupando un lugar en nuestra vida aunque ya no responda a lo que queremos.
A veces pensamos que necesitamos más disciplina. O que simplemente debemos proponérnoslo con mayor firmeza.
Pero quizá convenga comenzar por una pregunta menos exigente.
No solo «¿por qué sigo haciendo esto?», sino «¿qué hace que vuelva a hacerlo en esta situación?».
Volvemos a entrar en la cocina. Ponemos el café y dejamos el móvil sobre la mesa.
Puede que volvamos a cogerlo sin pensarlo. O puede que, esta vez, recordemos que queríamos hacer otra cosa.
En cualquiera de los dos casos, habremos empezado a reconocer una secuencia que antes apenas advertíamos.